sábado, 13 de agosto de 2011

Mejor mañana

Hay tres tipos de personas: las que viven immersas en el pasado, recordando momentos mejores y añorando, sumidos en la nostalgia; las que viven el presente, simplemente pensando en el ahora sin tener jamás en cuenta las consecuencias de sus actos, pero disfrutan cada instante; y por último, están las que, como es mi caso, viven de lleno en el futuro, ya sea immediato o lejano.

 Es imposible describir el immenso placer que provoca la ensoñación de un hecho venidero: recrear todos los pormenores, los pequeños detalles, planear hasta el último segundo. Poder cerrar los ojos y, sin que haya llegado el momento, poderlo vivir infinitas veces, cambiando pequeños detalles para hacerlo más agradable. Todo esto hace la espera del suceso anhelado más llevadera y mucho más excitante.

Pero, ¿qué sucede cuando tu situación se ha vuelto tan monótona que es imposible imaginar un futuro diferente al presente y al pasado? Tu cerebro dormita, del mismo modo que tu corazón, aburridos por la falta de alicientes para poder ensoñar. Te das cuenta de la situación, pero no haces nada para cambiarla. Nadie hace nada para cambiarla.

Tus sueños empiezan a centrarse en un futuro cada vez más lejano, dejas de imaginar como será tu siguiente cita, para pensar en tu futuro dentro de dos meses. ¿Qué puedes hacer? ¿Qué? Pues nada. Simplemente vivir en ese nuevo futuro, un poco más lejano, pero a la par satisfactorio.

¿Y si, de repente, la ilusión de un nuevo suceso, totalmente distinto al otro, empieza a despertar una nueva ilusión, hasta entonces dormida desde hacía un tiempo? Y sueñas con lo que no debes soñar, vives una y otra vez lo que sabes que no debes vivir, pero vas a vivir. Porque es algo irresistible, imposible de negar.

El pasado no me sirve, y el presente tampoco. Quiero mi futuro, un futuro tan cargado de nuevas experiencias que mi cerebro no tenga tiempo de descansar entre una ensoñación y otra.

Oh, sí. El futuro siempre será mejor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario