Alguien, en el tren, lleva una mochila enorme. La deja en el
suelo. Una parada. Dos paradas. Nueve paradas. Se baja y, en el rincón, queda
la bolsa olvidada. Estoy segura de que un elevado porcentaje de la población ha
estado presente en una situación parecida a ésta. La pregunta que os hago es
¿cuál es o habría sido vuestra reacción? Quizás lo que os voy a contar ahora os
obliga a cambiar vuestra respuesta.
Revivamos la situación anteriormente citada. En el caso que
nos ocupa, la protagonista es una anciana que vuelve de su visita rutinaria al
médico de cabecera. “Atrosis, tensión alta, colesterol elevado en sangre y
posibilidad de embolia”, enumera, recordando la lista para poder repetirla a
cualquiera que quiera escucharla. Es decir, la carnicera, la panadera y el
pescadero. Porque ella vive sola en un apartamento, sin hijos ni marido. Nunca
los ha necesitado porque es una persona muy sociable y hace amigos por dónde
quiera que vaya.
Entonces, levanta la vista. La mujer se da cuenta de que hay
una mochila tirada en un rincón y recuerda haber visto a un hombre con ella, escasos
minutos atrás. Gira la cabeza a un lado y a otro, intentando descubrir si el
propietario sigue en el tren. Pero las paradas pasan y nadie va a reclamarla. Se levanta cuidadosamente, apoyándose en el
respaldo del asiento para que no le fallen las piernas. Se agacha como puede y
arrastra la enorme mochila hasta el asiento – “qué poco pesa”, pensó mientras
tiraba de ella –, dispuesta a buscar algo que identifique al usuario y así
poder devolverla. Pero digamos que lo que encontró dentro no era precisamente
lo que esperaba.
La cremallera se deslizó muy suavemente, como si no quisiera
que nadie escuchara ni viera lo que allí iba a suceder. Por el lado abierto asomó
un papel arrugado, de color verde. La mujer tiró de él, extrañada y se percató
de que era un billete de 5€. Extrañada de encontrarlo suelto, metió la mano
para volver a dejarlo en su sitio, pero sus dedos sintieron el roce de un
montón de papeles arrugados. Más intrigada todavía, abrió un poco más la
mochila y descubrió que estaba repleta de billetes exactamente iguales al que
se había salido en un principio.
Se acelera su ritmo cardíaco y su tensión arterial empieza a
aumentar. Aumenta la irrigación de su faz y esta se sonroja. Su temperatura
corporal se eleva levemente y se nota acalorada. “¿Qué hago? Aquí hay mucho
dinero”. Y entonces empieza pensar en su vida solitaria y de escasez. En las
mil cosas que ha querido hacer siempre pero que nunca ha podido. En la bajada
de las pensiones para la tercera edad. En los años que le deben quedar de vida.
Luego se acuerda de lo que es moralmente correcto.
Vuelve a mirar alrededor, pero parece que nadie ha prestado
atención a la escena que acaba de tener lugar. Todos los pasajeros están
ensimismados en sus propios problemas. Ahí empieza la pelea interna. “¿La cojo
o la dejo? ¿La llevo al jefe de estación?”.
Poneos en su lugar, una pobre viejecita, solitaria y enferma. ¿Cuántos años de vida deberían quedarle? Decidme pues, ¿qué elegís vosotros? ¿Moralidad o beneficio?
... Continuará
(Aiiii t'agrego!)
ResponderEliminarM'encanta com escrius <3 I jo, si he de ser sincera, no tinc ni idea del que faria... probablement deixaria la motxilla on era i després me'n penediria xD Espero la continuació ò.ó!